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A Tania la bautizaron con tres nombres de mujer, como se hacía antes. Lo hicieron en el barrio de El Carmel, en Barcelona, en la Parroquia dedicada a Santa Teresa de Jesús, la mujer que supo explicar que dios también andaba entre pucheros, una declaración que, aunque expresada en términos devotos cristianos, pone en el centro la primera gran lección de la economía feminista: que los trabajos domésticos y los saberes dedicados a mantener la vida tienen un valor fundamental. O dicho de otro modo, ampliamente: que lo personal es político.
       Sirva esa simbólica vinculación para urdir los hilos del campo de trabajo y experimentación artística de Tania Berta Judith: la restauración de las historias de las mujeres, tan a menudo despreciadas por la historiografía. Su práctica transita desde la experiencia personal y la propia genealogía hasta la reinterpretación de la historia y del papel de las mujeres y sus conocimientos en la confección del mundo.
       La obra de Tania es radicalmente feminista. En ella, el bordado deviene una técnica politizada, que usa para reivindicar los saberes de las mujeres, especialmente aquellos que han sido transmitidos por vía matrilineal, devolviendo autoridad a esa práctica como espacio de transmisión de conocimientos.
       Frente a la cultura y la palabra escrita, tecnología clave para la construcción del poder patriarcal y la normalización de un mundo explicado desde el androcentrismo, Tania Berta Judith revuelve la jerarquía de los saberes ilustrados y estructura un mundo simbólico donde la oralidad adquiere poder, la intuición se hace método y la aguja borda otras santas escrituras.

Mar Cianuro